FMT 6: Sobre el origen de la sicalipsis y el cuplé

Si bien la palabra sicalipsis ya estaba plenamente arraigada en nuestro idioma hacia 1907, su origen es incierto y han aparecido diferentes leyendas sobre su posible etimología, que es escurridiza, igual que la definición del cuplé. Es imposible hablar de sicalipsis sin hablar del cuplé, y, como ocurre con la sicalipsis, se hace muy complicado determinar exactamente qué es el cuplé. Manuel Machado ya se preguntaba “¿Será alguna cosa el cuplé?”. Para Gloria G. Durán, escritora, artista y docente en la facultad de Bellas Artes de la USAL, una inmensa constelación de creadoras de esas nuevas formas de ser mujer son las artífices del cuplé y la sicalipsis, que no son ni bailarinas de café ni de zarzuela, ni cantantes de ópera, tampoco de flamenco. Sin embargo, algo tienen de todas ellas, de flamencas, bailarinas, cantantes… todo revuelto y fundido con algo también original y propio. Más que un código cerrado de normas estrictas fue una actitud, una sensibilidad para unas heroínas de la modernidad. La palabra, que sólo existe en castellano, ya está en desuso y ha sido sepultada bajo cierto halo de simplificación pornográfica, lo que oculta los miles de matices que encierra.  

Federico Ruiz Morcuende ya en 1919 consideraba “sicalipsis” un vocablo moderno y pensaba que Grecia poco había tenido que ver en su génesis. La idea más extendida es que Félix Limendoux, editor de revistas, fue el primero en introducir el vocablo en el cuaderno número uno de “Las mujeres galantes” (1902): 

“Sicalíptico es para nosotros, y lo será para ustedes de aquí en adelante, todo aquello que significa el punto intermedio entre lo moral artístico y el desenfado sin arte: sin ser lo primero en absoluto, no llegar a lo segundo, sin embargo: mantenerse en el justo límite y guardando un equilibrio inverosímil para no provocar la indignación y el anatema de los pusilánimes, ni merecer el desdén de los que buscan excitantes poderosos para su gusto estragado. Esto es lo verdaderamente sitalíptico, recorriendo pancienzudamente las interminables columnas del diccionario, que confeccionan nuestros inmortales, no pude dar con la palabra que constituyese el calificativo apropiado a esta publicación; y ocurriéndosenos, entonces, que era más fácil y hacedero inventarla que no retorcer el idioma con el eufemismos embarazosos y torpes. Bien mirado, es más fácil inventar una palabra que un nuevo impuesto, por ejemplo, sobre que la invención nuestra no perjudica a nadie, ni aún siquiera al hermoso idioma castellano, que puede ir enriqueciéndose de este modo. ¿Qué apuestan ustedes que si nos lo proponemos todos llegamos a imponer la palabra? Vaya usted a oír cantar el tango de los lunares a una tiple que excede en picardía y en atención a la letra de ese número  y que acompaña a la música con movimientos lascivos sin que llegue, sin embargo, a lo indecente, y convendrá usted conmigo en que aquella artista le entusiasma por lo que tiene de sicalíptico”.  

«Las mujeres galantes» cuaderno nº 1 (1902)

Seguramente al utilizar esta palabra Félix Limendoux se guio por múltiples referencias psicológicas, apocalípticas, epilépticas e incluso sifilíticas. La amenaza para la salud social que conllevaba tal palabra tenía por fuerza que estar asociada a un origen más dañino, relacionado con el contagio, con el virus, con el miedo que ya expresara Miguel de Unamuno a la absoluta desestructuración de la sociedad, como una especie de extraña combinación entre la epilepsia y la sífilis, dos enfermedades que envolvieron el mundo de los espectáculos de variedades, asociadas a cierto baile de San Vito, peligroso y contagioso, portador de incurables enfermedades como la sífilis o la histeria. 

Para Rae Beth Gordon el origen de nuestra cultura del espectáculo está en aquellas cantantes a las que se vino a llamar ”epilépticas” “agitadas” o “gommeuses” y que tuvieron gran popularidad en Francia entre el público urbano y los grandes artistas hacia mitad del siglo XIX. Recordemos la estética que promovieron los catálogos fotográficos del neurólogo Jean-Martin Charcot en los que las enfermas del hospital de la Pitié-Salpêtrière aparecían simulando ataques epilépticos e histéricos, generando esa mezcla entre atracción y repulsión, que luego se volcó en el mundo del espectáculo. Es más, estas sesiones fotográficas de Charcot que se abrían al público los martes, ya encerraban cierto cariz de espectáculo. A la epilepsia hemos de sumar la amenaza de la sífilis. Amancio Peratoner y su «Mal de Venus», alentaron una sifilisfobia que llevó al surgimiento de miles de clínicas, como la del doctor Abreu. El cartel de su clínica fue obra de Ramón Casas, y en él una mujer extremadamente delgada ofrece una flor blanca, símbolo de la sífilis. Por su mantón repta una serpiente en forma de S. El mensaje es claro: la amenaza tiene forma de mujer. 

Cartel para la clínica del Dr. Abreu, Ramón Casas

El cuplé tuvo unos comienzos muy parisinos y los primeros que se escucharon en nuestro país eran traducciones de los cuplés franceses, al igual que pasaba con las revistas. Sicalipsis y cuplé vivieron unos años de esplendor en los que las letras de los cuplés eran muy atrevidas, sin embargo, las cupletistas aparecían bajo una inocencia exagerada, como muestran los clásicos “La Regadera”, “El Polichinela” o “La Llave”. También hubo cuplés reivindicativos: «La bolchevique», «La sindicalista», «La presidenta», «La cencerro», «La chalá», y quizás esa naturaleza reivindicativa tiene algo que ver con que sean los peor conservados.
Algunos nombres de las cupletistas más importantes que llenaron las tablas Españolas son Raquel Meller, Julia Fons, La Chelito. La Fornarina fue la primera cupletista que logró fama internacional, y Álvaro Retama uno de los grandes creadores del género frívolo. 

La creación en 1910 del Comité de Damas, cuya función era acabar con la inmoralidad de ciertos teatros, y en 1911 la Liga Antipornográfica, junto con las intervenciones de las cortes para tratar de controlar la venta de postales eróticas o de cupletistas, y las voces de la prensa más conservadora contra el virus de las mujeres lúbricas, lleva al cuplé a una evolución definitiva hacia la honorabilidad. Serge Salaün considera el cuplé posterior a 1911 ya algo descafeinado, sentimentaloide y dramático. Es más, en los carteles que los anunciaban se añadía la especificación: “altamente moral”.  

Julia Fons

La Chelito

La Fornarina

Raquel Meller