FMT 7: Histeria: patologizando el deseo femenino
Como hemos ido viendo a lo largo de esta serie de publicaciones, una de las principales características que vertebra el arte y todas sus formas de expresión durante el periodo modernista es la tensión entre la nueva moral emergente y el modelo burgués. Sin embargo, quizás no haya aspecto en el que se plasme con más claridad esa tensión, la doble moral, la imbricada relación con el deseo, la feminidad, el arte y la censura, que en todo lo que envuelve a la histeria, desde la concepción misma del término, pasando por su estudio, hasta su tratamiento.
La aparición de nuevas corrientes intelectuales a finales del siglo XIX y principios del XX desafió las formas tradicionales de entender la mente humana y la realidad. Este aspecto ha sido ampliamente recogido por el historiador y periodista británico Peter Watson en “Ideas. Historia intelectual de la humanidad”. Watson señala que el descubrimiento del inconsciente no sólo revolucionó la psicología, sino que tuvo un impacto significativo en la literatura, el arte y la filosofía. Figuras como Sigmund Freud propusieron que parte de la actividad mental tiene lugar más allá de la conciencia, e introducen conceptos como la represión y los sueños como manifestaciones de deseos ocultos.
Este nuevo enfoque tuvo su reflejo en el movimiento cultural modernista, desde el que se comenzó a explorar la complejidad de la mente humana, el mundo interior subjetivo y la experiencia fragmentada, en contraposición con las estructuras racionales y objetivas que habían prevalecido en la tradición intelectual occidental hasta entonces.
En su ensayo “Estudios sobre la histeria” de 1895, Freud ahonda en el análisis del inconsciente y su conexión con ciertos síntomas emocionales que atribuye principalmente a las mujeres. La asociación de la histeria a lo femenino procede de la antigüedad. El término griego «hystera» (ὑστέρα), que significa útero, ya fue utilizado por Hipócrates (siglo V a.C.) para referirse a un grupo de trastornos exclusivos de las mujeres. Freud recupera esta noción, alcanzando un hondo calado a nivel cultural sus tesis en lo relativo a esta asociación de la histeria con lo femenino. La mayoría de los casos de histeria que trataban Freud y Breuer eran mujeres, y desarrollaron la concepción de que los síntomas histéricos tenían su origen en conflictos sexuales reprimidos. Freud entendía la feminidad vinculada a la dependencia y a la maternidad, y también a la pasividad, por lo que creía que las mujeres eran más propensas a reprimir estos impulsos y, por lo tanto, a desarrollar síntomas histéricos y distintas formas de neurosis. Así, la histeria es muchas veces interpretada en relación con deseos no resueltos de maternidad, amor o reconocimiento.
Para muchas autoras feministas esta visión está cargada de prejuicios sexistas y patriarcales. Aunque se reconoce la utilidad del psicoanálisis para explorar la subjetividad, los síntomas femeninos se han interpretado desde una perspectiva masculina, sin tener en cuenta el contexto social y opresivo en el que han vivido durante muchos años las mujeres. La visión falocéntrica de Freud según la cual la sexualidad femenina se define por la «envidia del pene» reduce a la mujer a un ser incompleto. Además, la noción de la pasividad como rasgo esencial de la sexualidad femenina no es una verdad natural, sino un reduccionismo que no tiene en cuenta que tal pasividad pueda ser consecuencia de la represión a la que se han visto sometidas las mujeres.
En este sentido, en “El Segundo sexo” Simone de Beauvoir señala: “Se ha pretendido explicar el destino femenino por la estructura del aparato genital; pero en realidad el aparato genital tiene una estructura determinada en función de ese destino. […] Freud, Adler, Jung, como todos los psicoanalistas, han subestimado la influencia del contexto social: han querido encontrar en la mujer una naturaleza fija cuando, en realidad, es producto de su historia. La neurosis, la histeria, el masoquismo, no son esencias femeninas: son respuestas, a menudo impuestas, a una situación de opresión.”
El abordaje psicoanalítico de la histeria incluía métodos como la asociación libre, la interpretación de los sueños, la catarsis o la hipnosis. Lo interesante es que junto a los métodos psicoanalíticos frecuentemente se recurría a ciertas prácticas médicas como el reposo extremo, los baños de agua fría, la electroterapia o los masajes pélvicos. Estos masajes buscaban inducir lo que se vino a llamar “paroxismos histéricos” (que no eran otra cosa más que orgasmos) para aliviar la congestión pélvica que supuestamente estaba provocando la histeria. Eran los médicos quien procuraban los masajes a las pacientes, unas veces manualmente, otras a través de determinados “dispositivos mecánicos”, y más adelante mediante dispositivos mejorados para facilitar el trabajo al médico. De este modo nació el primer vibrador moderno: para la comodidad del médico que trata a una enferma de placer y de deseo.

Tratamiento de la histeria
El neurólogo francés Jean Martin Charcot a principios del S.XX, promocionado por el gobierno francés, creó todo un catálogo fotográfico sobre la histeria en sus famosas veladas en el Hospital de la Salpêtrière de Paris. En ellas se inducían mediante hipnosis ataques epilépticos e histéricos a las pacientes, que competían por ver quién conseguía los estertores y contorsiones más exageradas. Se sabían espectáculo, se sabían atendidas, se sabían vistas, aunque fuera enfermas. El cuadro “Una lección clínica en la Salpêtrière” de André Brouillet representa muy bien una de estas sesiones en las que Charcot trata a su paciente Blanche Wittman. Fue a través de esas veladas abiertas al público de las élites culturales y científicas donde lo marginal, lo que quedaba fuera de toda lógica racional, aparecía estudiado y clasificado, y de ahí ocurre una transferencia de la estética retratada al espectáculo, al cabaret, la histeria se convierte en un espectáculo y el espectáculo en histeria. A las novedosas cantantes que recogen la estética retratada en las sesiones de Charcot se les llamó “epilépticas”, “agitadas” o “gommeuses”, fueron las primeras estrellas de los espectáculos de masas, y dan sentido al invento de la palabra sicalipsis.

«Invention of Hysteria: Charcot and the Photographic Iconography of the Salpêtrière», Epilepsia

«Invention of Hysteria: Charcot and the Photographic Iconography of the Salpêtrière», Histeria
Para ellas, y quizás también para las enfermas, imitar ataques epilépticos les sirve como excusa para prescindir de toda racionalidad, liberar el cuerpo y llevarlo hasta sus propios límites. Dice Gloria G. Duran, que el cuerpo se transforma de este modo en el receptáculo de dos tensiones contrapuestas, de fascinación y de repulsión. De un lado resultan seductoras, fascinantes, elásticas, lúbricas y gomosas para estupefacción de un público que comenzará a descubrir el cuerpo y su posibilidad, y que además estaba deseoso de nuevas y fuertes emociones. Se convertirán en auténticas instituciones nacionales; de otro lado, el cuerpo en movimiento se concibe como altamente peligroso, y si es una mujer la que baila, se le supone perdida debido a la merma en sus facultades, una merma que le impide controlarse. Se convierten así en una amenaza total, no solo sexual, no solo corporal, sino completa y directa a las bases de la estructura social fundamentada en una racionalidad permanente.
A la mujer se le ha permitido expresar su deseo y erotismo a través de la enfermedad, como objeto de estudio médico y científico. Lo hemos visto con la aparición de la fotografía erótica, convirtiendo el desnudo en piezas de estudio anatómico, también en el caso de la literatura, donde proliferaron los tratados médicos catalogando como patológicos determinados comportamientos sexuales, o en la íntima relación entre la histeria y la aparición de la sicalipsis y el cuplé. El placer sexual de la mujer se medicaliza, el deseo se patologiza. Foucault en su “Historia de la sexualidad” no pudo definirlo mejor: la represión sexual como un secreto obligado a esconderse para que la ciencia lo descubra.
La construcción cultural de la sexualidad a través de una perspectiva masculina cala hasta nuestros días. No hay más que escuchar las demandas que llegan a la consulta de sexología o asomar la cabeza a la historia y evolución de los juguetes sexuales para confirmarlo. Todavía hoy muchas de las preocupaciones sexuales de las mujeres son un reflejo de las de los hombres, y su existencia sólo tiene sentido desde un modelo de placer y de deseo masculino. Además, no fue hasta finales del siglo XX (es decir, antes de ayer) que no aparecieron los primeros estimuladores de clítoris. Hasta ese momento, el dildo heredero de la tradición freudiana bien se encargaba de asegurar el falocentrismo dominante, colocando el clítoris como el eterno olvidado y el orgasmo vaginal como el “maduro” en contraposición con el clitoriano, “infaltil” o “inmaduro”. No tener en cuenta uno de los órganos claves del placer femenino a la hora de confeccionar juguetes para el placer femenino, es equiparable en gravedad a considerar la insatisfacción sexual femenina como causante de la histeria y otros trastornos neuróticos.
Sería interesante recordar que al hombre tampoco se le ha permitido una expresión libre de sus emociones y muchas veces ha sido penalizado por manifestar aquello que no encaja con el modelo de masculinidad hegemónico, lo que no hace más que acentuar la dicotomía de género, pero éste es un tema para otro debate.




